Un hambre de legajos

La memoria de una comunidad, si por algún casual se conserva en pilas de periódicos, o en libros de registro, o en cajas de legajos, o en tickets de la compra, pronto es descubierta y devorada por el hambre de las ratas. Hay ratas y ratas, claro, como hay hambres y hambres. El hombre tiene sus propias ratas hambrientas en el interior, de modo que si no se deshace de ellas, o aprende cómo calmarlas, le devoran a uno por dentro y destruyen su memoria, la memoria de ser hombre, quiero decir. Por cierto que “hombre” y “hambre” son palabras casi idénticas, así que no nos debe extrañar que casi siempre podamos encontrarlas juntas. “Tened presente el hambre”, recitaba Miguel Hernández, legándonos la tarea de revertir un hambre feroz e injusta por otra hambre, me atrevería a decir, más propia y fecunda, primitiva y originaria. “El hambre es el primero de los conocimientos”, escribió el poeta, “tener hambre es la cosa primera que se aprende”. Nacemos hambrientos y así habremos de descubrir cuál ha de ser nuestro alimento, el que aplaque cierta animalidad destructora, el que nutra, para la vida, a una animalidad humana que ha de desarrollarse todavía: “Me enorgullece el título de animal en mi vida, pero en el animal humano persevero”. Es en esta forma como encuentra su lugar mi modo de pensar una cita de Hemingway sobre el trabajo de Cézanne en A moveable feast (1964): “Teniendo hambre llegué a entender mucho mejor a Cézanne y su modo de componer paisajes. Muchas veces me pregunté si él tendría también hambre cuando pintaba, pero me dije que si la tenía era seguramente porque se le había olvidado la hora de la comida (…) Más tarde, pensé que Cézanne debía de estar hambriento, pero de otra clase de hambre”.

A menudo pienso en esta cita, pero en un caso particular, además, la digiero, o me digiere, no estoy muy seguro. En ocasiones siento cierta hambre de legajos, como me gusta llamarla. Es una hambre del hombre, si se me permite el juego de palabras, algo así como un agujero en el estómago de mi idea de hombre, una necesidad de nutrirme de un hombre que no tengo, y que traigo a mi mesa de despacho, donde todos los días me alimento, desde la memoria de su especie, donde encuentro sus marcas más comunes y sus múltiples formas de ser retratado. Cuando me entra esta hambre acudo a los archivos de mi ciudad y relleno un papelito rosa que entrego a una amable señorita que da paso a mi comanda. A los pocos minutos tengo enfrente una cajita llena de legajos atados con un hilo rojo. Nada más tirar de ellos noto como se aplaca mi hambre y, si tengo oportunidad, me pongo enseguida a escribir con la esperanza de convertirme en el alimento de los demás. Créanme si les digo que mis ratas y yo estamos en paz cada vez que vuelvo a casa después de este festín. Por cierto, les voy a ir dejando que me acaba de entrar mucha hambre.

Jan Kowalski

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