Balzac

Durante los siete años de internamiento en el colegio de Vendôme, Balzac no consiguió recitar un maldito verso de los textos que le obligaban a memorizar. Las letras sólo iban en una dirección, pescuezo abajo y a toda velocidad, para desgracia del pobre muchacho, que acababa con su corpulento trasero en las celdas de castigo de los Hermanos Oradores. Qué destino corrieron las miríadas de palabras que engulló el joven Balzac sólo se supo años más tarde cuando, tras su llegada a París, comenzaron a fluir como un torrente de literatura en ebullición al modo de su preciado líquido café. No sabemos cierto si, como le gustaba decir, estuvo al borde de la muerte por aquella congestión intelectual, pero es un hecho que después de aquello no encontró modo de parar aquel exceso prosaico para mayor gloria del género novelesco y de su agujereado bolsillo. Para ganarse el pan y la patria potestas de la novela moderna trabajó escribiendo novelas de folletín para otros autores, amén de obras de ciencias naturales, historia, artículos periodísticos, panfletos políticos y demás bazofia rutinaria de las letras parisinas. Algunos dicen que durante ocho años frenéticos Balzac no tuvo estómago para sus dedicaciones. Tal vez sea esa la razón por la que no reparó en lo indigesto de su primer proyecto como editor, reunir las obras completas de Jean de la Fontaine, con ilustraciones, en un solo volumen, para los desgraciados de Francia. El resultado fue un exceso lírico en forma de libro inmanejable, con una tipografía diminuta, poblado de ilustraciones de baja calidad que no se aproximó lo más mínimo a lo asequible. Balzac perdió 50.000 francos y 1.980 volúmenes de los 2.000 que se imprimieron al ser estafado por un editor de provincias que le pagó el lote de libros con una edición de manuales de pésima calidad. En 1829 Balzac pone las siguientes palabras en la boca de Jerôme-Nicolas Séchard, el personaje del viejo impresor en Las Ilusiones Perdidas: «Las personas que compran libros no sirven para imprimirlos.»

Si de casualidad se encuentran, en un texto, con las palabras “exceso” y “Balzac”, no deben perderse el espectáculo de verlas agarrarse mutuamente con ese frenesí que sólo se conoce en los bajos fondos de París. Porque Balzac es a la literatura lo que el café a la salud, lo que se suele llamar un exceso saludable.

Jan Kowalski

En conmemoriación del 213 aniversario del nacimiento de Honoré de Balzac. 

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