Lo humano en suspensivos…

The thin man, Dashiell HammettCosecha Roja (Dashiell Hammett, 1929) se ha convertido, para mí, en lo que estoy dispuesto a nombrar como “una experiencia adulta con unos puntos suspensivos”. Quiere esto decir que he sido capaz de experimentar unos puntos suspensivos a una edad adulta, o mejor, que esa experiencia consiste en aprender a leer, de nuevo, como adulto, unos puntos suspensivos, en este caso como parte de las herramientas literarias de las que dispone a su antojo un escritor (otra de mis experiencias adultas con unos puntos suspensivos fue la lectura de Luigi Pirandello, pero no es el momento, ahora, de hablar de ello, aún cuando no vaya a despreciar la oportunidad de mencionarlo). Me gusta entender esta experiencia como un acto de reconocimiento de los silencios que rodean a las palabras —el aliento de los símbolos lo llamó Wittgenstein—, silencios hechos manifiestos en ciertas obras herederas del naturalismo que andan reclamando para sí la insuficiencia de la descripción a fondo del detalle para retratar los destellos del carácter humano (¿demasiado humano?) del hombre. Podría utilizar el término supernaturalismo para señalar el camino que marca esa insuficiencia, y decir que lo humano viene a aparecer tras el silencio que rodea las palabras como si se tratase de una confesión, o formara parte de un tipo especial de terapia. Uno podría recorrer, entonces, las ocasiones en las que Dashiell Hammet utiliza los puntos suspensivos para aprender a poder identificar el tono por el que unas palabras esconden un silencio que retrata lo humano con todas sus iridiscencias.

En treinta y ocho de los setenta y cinco diálogos que he considerado como relevantes de la obra aparecen puntos suspensivos actuando literariamente. He contado ciento cinco usos. Son más que los usos de descripciones en estilo indirecto libre, tan apreciado por los autores de la novela realista decimonónica. Algunos refieren cambios sutiles y repentinos en la declaración, otros son paradas del discurso, otros, amenazas veladas, o acantilados de gestos por el que se despeñan las palabras, o son el primer brote de un pensamiento en construcción, o una calada a un cigarrillo y un trago de whisky derramándose por la garganta, o las pausas de una conversación telefónica, o las sacudidas de un moribundo preparándose para una confesión espeluznante, o unas palabras interrumpidas, tal vez por un grito, o tal vez por la contención por un supuesto peligroso, o tal vez por llevarse los dedos a los oídos porque han comenzado a hablar las pistolas. En cualquier caso me parecen, siempre, silencios. Silencios de lo velado y tácito, que sobrevuelan toda la novela como una sospecha a cuenta del lector y de su capacidad intuitiva para saber leer los vacíos. Silencios que el lector ha de saber hacer hablar gracias a cierta capacidad detectivesca, si se me permite la expresión, como el que desea escuchar una confesión inesperada de la naturaleza humana.

J. Kowalski

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