La inspiración y la máquina

Underwood, Letra salvaje

Paul apenas puede apretar ambas manos y así no puede teclear. Porque hace falta un mínimo de sensibilidad al escribir, si no en el pecho, o en la cabeza, o en el escroto, al menos sí en las manos. Así no saldrá una literatura temblorosa, ni una fémina a punto de derrumbarse, ni un moribundo en la última sacudida; así sólo saldrá un escrito de mierda petrificada, si acaso Paul consigue dar con las teclas adecuadas. Ahora nos acordamos todos de Charles Bukowski señalando a una vieja Underwood mientras brama que “la inspiración está en esa máquina“. Paul se acuerda, desde luego, y se pregunta, de paso, si algún día dirá en público que se arrepiente de haber rajado a Bukowski, porque Paul no ha trabajado más que un par de días picando zanjas y ya no es capaz de darle a los alambres de la Olivetti a su voluntad, y mucho menos de darle como lo hacía el viejo Hank aún con la peor de las resacas a cuestas y con el estómago vacío. La mente contra el cuerpo es una bonita lucha, milenaria y dulce como el busto de algún héroe clásico. Pero la lucha que abre el umbral del heroísmo cotidiano, ese que ahora necesita Paul para siquiera poder cuadrar el folio en blanco en el rodillo de su máquina, esa lucha se libra contra el cuerpo derrotado, que en el caso del héroe Paul, es uno e indivisible; pobreza y letras, hambre y literatura, desaliento, dolor, estruendo, engranajes y tec-tec-tec-tec-CLING!: escritura.

Ahora todo está dispuesto para que Paul se líe a puñetazos con su Olivetti porque ya ha empezado a imaginársela como una enorme boca que enseña sus dientecillos blancos mientras se carcajea sin piedad del peón Paul, el inútil Paul, el escritor tullido y hambriento Paul, el triste, triste Paul. Si resulta que tiene huevos para enfrentarse al resultado, que ha quedado como una marca furibunda de tinta que casi perfora el papel, entonces empezará el proceso de corrección que lo dejará en pelotas y sin protección posible, porque acabará reconociendo que ha proyectado toda su miseria a sus palabras por el fenómeno literario que se dio en llamar realismo sucio. Porque del mismo modo que sabemos reconocer, en las palabras escritas, la inspiración melancólica que aturde a una hermosa provinciana tras una larga caminata por las praderas de Hamphsire, debemos querer leer la abominación de la pobreza, que huele ya a muerte en la boca de Paul, como otro signo más de una humanidad que ha entregado su vida a las excelsas virtudes del arte. ¿Y si no queremos leerlo? Entonces Paul, el escritor y mendigo Paul, ciudadano Paul, será otro cadáver hediondo más de un héroe sin mausoleo.

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