Blériot

Blériot, Letra salvaje, Blériot XI

Un club que cuente con un total de cero miembros podría parecer casi un absurdo en la práctica —convenciones anuales desiertas, actas en blanco, libros de cuentas sin movimientos… Sin embargo, como cualquier otro conjunto, un club puede definirse por una o varias propiedades, y hay registros de lo humano que han quedado vacantes. Early Birds of Aviation es la organización fundada en 1928 para reunir a todas aquellas personas que, entre el 17 de diciembre de 1903 y el 17 de diciembre de 1916 hubiesen pilotado algún tipo de aeronave. Las dos fechas de corte esconden sendos momentos fundacionales: 1903, y Orville Wright a los mandos de la primera máquina de volar; 1917, y el primer plan estatal de entrenamiento para pilotos de combate. Lo que queda entre ambos hitos es una estirpe de hombres y mujeres, 598 hombres y mujeres tocados por la pasión del aire, pilotos amateur, inventores de aparatos sutiles. Con ellos se confirmaba el hecho de que en el siglo XX el elemento aéreo había llegado para aumentar la marca acuática de la locura clásica, añadiendo a la sinrazón el apéndice de la temeridad. De aquellos 598 osados no queda ni uno en vida. Sabemos, no obstante, que hoy el club está de celebración: se cumplen 103 años de la travesía de Blériot sobre el Canal de la Mancha.

Blériot… Blériot… yo habría añadido con gusto a Blériot entre nuestros TARADOS. Habría estado allí como uno más de los Temerarios. Habría estado allí junto a Blondin, andador de abismos; junto a Franklin Rose, patinador de cornisas; junto a John “Jammie” Reynolds, el auténtico human fly. Cierto que nuestros chicos cumplen una condición que no posee Blériot: ellos han enfrentado el vacío para disiparse, después, en una densa noche sin nombre. No hay un club para ellos. No hay oro sobre mármol. Los iguala, en cambio, la osadía de esa desnudez frente al abismo, porque en algún sentido los patines de Franklin Rose y la cuerda de Blondin, no difieren tanto del Blériot XI a bordo del cual el galo dio el gran salto del canal.

Si tienen un minuto, deléitense en la observación del plano de la máquina y adviertan los síes y los noes. Del lado de los primeros: sí, los anclajes de las maderas son una fiesta de tornillería y, sí, el tren de aterrizaje es poco más que tres ruedas de bicicleta. Del lado de los segundos: no, no se esfuercen en buscar velocímetros, ni altímetros, ni aparatos de navegación. De hecho, los elementos más importantes para una moderna gramática de lo épico devienen de estas carencias, de este tener que ejecutar lo imposible con medios inadecuados. “Nada me permitía afirmar que estuviese avanzando”, dirá Blériot al recordar el momento en que, tras despegar del llano de Calais dejó atrás la línea de costa. Durante diez minutos, suspendido en la nada con la única compañía del ronroneo del motor Anzani, Blériot no tiene un punto de referencia que le permita conocer la desviación del rumbo. En medio de la noche, Blériot es un funámbulo ciego a lomos de su monoplano. Por fin, avista luces en el horizonte. “Observé que los barcos iban todos en la misma dirección, y comprendí que debía seguirlos”. Es difícil dar cuenta hoy de las cualidades de ese “observé”, en un tiempo en el que ver tiene ya incorporado el tamiz del automatismo.

Blériot atraviesa los blancos acantilados de Dover. Detiene el motor. Planea en silencio y, al posarse, destruye por completo el “tren de aterrizaje”. Han pasado 36 minutos y medio desde que abandonó la costa de Calais. Ahora, del otro lado del canal, pone titubeante un pie en tierra británica y, con él, se asegura las 1000 libras esterlinas que el Daily Mail ofrece por semejante proeza. Hora de entrada en el panteón de los insignes tarados de la historia: 5.17, hora insular.

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