Detritus

Letra Salvaje

 

Pasan algunos minutos del mediodía de un domingo de otoño. Nos encaminamos al rastro: sabemos que pronto va a llegar nuestro momento. Hacia las 13:30 los primeros puestos comienzan a desmontar. Los espigadores hacen corro alrededor de los montones en cuanto el titular da indicios de abandonar el fuerte. Por un ritual casi imperceptible las familias de merodeadores se van formando.

Los que buscan metal para su venta al peso son los primeros en definirse: tienen prisa, no debe haber más de una docena de piezas aprovechables en todo el rastro. A grandes zancadas recorren en zigzag los puestos revueltos con la idea de que, quizá más tarde, tendrán tiempo de dedicarse al desmontaje meticuloso de electrodomésticos abandonados en busca de unos gramos de cobre.

Mucho más lentos, tirando de sus carros, aparecen los Diógenes. Para ellos son las tazas sin asa, los muñecos decapitados, las fichas sueltas de los juegos de mesa… Todo indica que su búsqueda carece de patrones; todo salvo un tejido de evocaciones íntimas que parece asomarse a sus ojos en el acto de tomar unos objetos y rehusar otros.

¿Dónde estamos nosotros? En la familia del papel: libros, mapas, fotografías. Algunos de nuestros correligionarios recolectan sin miramientos cualquier cosa que encuentren encuadernada, un álbum de la liga 83-84 o las instrucciones de un teodolito Kern. Nuestro asunto, en cambio, son las fotos. Hoy sólo fotos.

Como cualquier otro artefacto de la sociedad capitalista, la fotografía —incluso la fotografía familiar—, es susceptible de entrar a formar parte del circuito de la mercancía y, entonces también, de ese círculo del detritus que un domingo tras otro se pone en circulación en este rastro. Es inevitable advertir que esas cápsulas de realidad, de vida doméstica, que encontramos desperdigadas por el suelo señalan de forma inequívoca en la dirección de la muerte. Una vida debe haberse perdido, de lo contrario no habría dejado escapar estos artefactos que, si bien son eso, mercancía, son siempre al mismo tiempo elementos de un imaginario biográfico. Dejando a un lado apreciaciones morales, nuestra intención es que esas piezas desgajadas de un relato de vida entren a formar parte de nuevos relatos.

La danza está tocando a su fin. Un desfile de furgonetas atiborradas abandona el rastro. Una gitana enorme, patrona de un puesto, rasga ante nosotros unos magníficos ejemplares en blanco y negro antes de desecharlos. Intercambiamos unas miradas y, acto seguido, la oronda señora se afana en su tarea destructiva con un ahínco redoblado. Esta parece ser una de las normas de este reino de chatarra: si no es mío no es de nadie. La otra: que el tiempo es fugaz. Las máquinas del servicio de limpieza hacen su aparición y los espigadores se agitan como abejas de un panal apaleado. Nosotros damos una última vuelta. Tal vez quede alguna pieza que cobrar antes de tomar el camino a casa.

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