Latidos en el Cabanyal

Pl(us) Cabanyal, Cabanyal

 

Hace días descubrí, mientras conversaba con mi socio Harry Chalk, procónsul de Letra Salvaje versado en barbarismos debido a sus muchos viajes, que existe un uso anglófono del término “barrio”, tal cual, para paliar la carencia de nombres comunes que expresen la raigambre que el pueblo tiene con una forma de la ciudad. Éste es uno de esos casos que volvía loco a Wilhelm von Humboldt, que creía que la idiosincrasia de un pueblo quedaba al descubierto en ciertos rasgos fisiológicos de su lenguaje. También es uno de esos casos que nos vuelve locos en Letra Salvaje, no por amor a Humboldt y al lenguaje, que también, sino porque consideramos que es precisamente en esa misma raigambre donde debemos empezar el trabajo de restauración del concepto de cultura que queremos difundir. En el caso del Cabanyal la cosa va más allá, pues nuestro trabajo se completa con una pertenencia efectiva al barrio capaz de orientar muchas de nuestras actitudes al respecto. Creo que ese pálpito nos guía muchas veces de vuelta a casa, como si de Ulises se tratase, rumbo a Ítaca para reivindicar cierta magnificencia olvidada.

En ocasiones pensamos en el Cabanyal como en un moribundo. Hay días que dejas por un momento su lecho, pensando que estás viendo latidos que tocan a muerte, y cuando vuelves crees percibir latidos que tocan a futuro, que todo parece estar en disposición de retomar los compases de la vida de nuevo, alejándose del umbral impreciso del deceso. Así veíamos al barrio en nuestros constantes retornos a sus calles, en los paseos por la calle de la Reina y Barraca contando cuántos negocios más habían echado el cierre, en nuestros requiebros callejeros franqueando las fronteras invisibles hacia el Grao para sentir el paso por umbrales casi olvidados, en nuestra búsqueda, en definitiva, de ese oxígeno saturado de salitre que en ocasiones necesitamos a vida o muerte. A cada regreso siempre esperábamos encontrar un Cabanyal retumbando entre estertores y nos íbamos con la sensación, todavía ligera y casi imperceptible, de que el pulso era firme, demasiado firme todavía para dejarse morir. Era una sensación imprecisa que nos guardábamos mucho de compartir, incluso en nuestras líneas de trabajo, dejándola en un secreto translúcido para nuestra esperanza. Nos llegamos a convencer de que se trataba de algo así como de la sensación imperceptible de la primavera tras un duro invierno. Esa primerísima sensación vino a ratificarse con la forma en que los proyectos de Letra Salvaje fueron apartando las últimas nieves para descubrir el primer verde. Encontramos a los compañeros de La CIV (La Coordinadora d’Iniciatives Veïnals) en ese claro del bosque, y su invitación a participar en el proyecto Pl(us) Cabanyal supuso un renovado compás sincopado para los latidos imprecisos, pero voluntariosos, del Cabanyal.

Y ahora que ha quedado al descubierto una idiosincrasia, unas translúcidas esperanzas, unos nuevos latidos y, por qué no, un amor a Humboldt, quisiéramos poder escribir un nuevo comienzo de las formas de trabajo en la cultura mediante la realización de una muesca en la historia del Cabanyal. La cita es el próximo 24 y 25 de noviembre. Estáis todos invitados.

 

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