Mongolia

Mongolia, Letra Salvaje

 

Es un asunto del que no se habla, Mongolia queda lejos, pero allí los pastos son de propiedad comunal. No del Estado mongol, que a través de un ministerio de pastos…, sino de todos los ganaderos mongoles. Al parecer, en su origen los commons fueron esto: tierras del común, propiedad de los pastores que legislaban sobre su disponibilidad para apacentar las cabezas de ganado. De estas formas de propiedad comunitaria deben quedar vestigios aquí y allá, esparcidos por el viejo continente, muy maltratados tras dos siglos largos de efectividad de esa idea de la “mano invisible” que imaginara Adam Smith.

Los commons, en cambio, están viviendo gracias a la web una segunda edad dorada, sólo que ahora los pastos abiertos pertenecen a la esfera cultural. Se le puede, incluso, asignar un gesto fundacional al hecho: en 1971 el recientemente fallecido Michael Hart transcribía la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en un ordenador de la Universidad de Illinois, que resultaba ser uno de los nodos de un internet en ciernes. El Proyecto Gutenberg quedaba inaugurado. Cuatro décadas después, más de 40.000 obras de dominio público engrosan esta enorme despensa colectiva que, si bien merece el título de portal decano, hoy no es sino uno de tantos proyectos —véanse Europeana o Wikisource, entre otros.

No obstante, la existencia de un dominio público como una reserva cultural propiedad del común dista mucho de ser una realidad. Nuestros verdes pastos de la cultura están formados por recintos de propiedades diversas, y en el dominio público se aglutinan tanto textos que nunca poseyeron derechos de autor como las palabras de los viejos cadáveres. Parece que la distinción entre propiedad de todos y propiedad de nadie tiene plena vigencia aquí y se superpone en este reino que, por ello mismo, posee diferentes extensiones en diferentes estados. Y es que la legislación sobre la propiedad intelectual, en la que se inscribe el ámbito del dominio público, cuenta con un código internacional de referencia, el Convenio de Berna para la protección de las obras literarias y artísticas, en el que se prevé la protección de los derechos durante un mínimo de cincuenta años tras la muerte del autor, concediendo a la legislación de cada estado la posibilidad de extenderla el tiempo que estime oportuno. Es así como los papeles del muerto pueden tardar, dependiendo de las diferentes legislaciones, cincuenta, setenta y hasta ochenta años en ser tristes propiedades de nadie.

Digo tristes, porque pienso en aquel gesto por el cual Tolstoi, a riesgo de un ictus de su señora esposa, barruntó la posibilidad de legar sus obras al pueblo ruso (si se cruzan con Kowalski, pidan que les cuente esta historia: se garantiza la carcajada). Digo tristes, porque no se habla de ello y Mongolia queda lejos, pero allí, los verdes pastos…

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