La absenta y las dos ciudades

Absenta, Letra SalvajeConsumí absenta por primera vez en Valencia. La toma se ejecutaba por el procedimiento popularmente conocido como al colpet, como un tiro del licor de ajenjo directo al esternón. Me aficioné a la absenta en Barcelona, en el Bar Marsella. La ingesta allí se realizaba de acuerdo a un ritual que, entonces supe, era el adecuado. Probablemente es bien conocido: con la ayuda de un pequeño tenedor se sumerge un terrón de azúcar en la bebida por unos segundos; el terrón, empapado de licor, se prende con un mechero y se deja que las sudoraciones retornen a la copa; por fin, cuando el terrón está próximo a consumirse, se extingue el pequeño incendio con agua y se remueve el brebaje. El tiro inclemente de la absenta al colpet hace que uno hinque la rodilla en pocos minutos. En cambio, esta liturgia de la absenta proporciona al bebedor un viaje en el que el alma se diluye en un infierno de ensoñaciones.

Cuando uno se muda a vivir a Barcelona con veinte años, a menudo ocurre que junto a los bártulos y los calzones limpios se deja acompañar por ciertos espectros: Durruti y Orwell, el joven Picasso y Salvat-Papasseit, el malditismo y la Rosa de foc. La ciudad, pródiga en caras tanto como en aristas, no tarda en estar dispuesta a devolver esas imágenes convertidas, casi en toda ocasión, en el simulacro de cartón de las rutas turísticas. Si viajan a Barcelona no dejen de asomarse, por ejemplo, a Els Quatre Gats. Si logran franquear la puerta, saluden de mi parte a la horda de los lonely planet.

También el Bar Marsella debe contarse entre los bares de guía turística: la leyenda dice que es el bar más antiguo de la ciudad condal y que los insignes muertos —Picasso, Dalí, Hemingway…— empinaron el codo allí. No obstante, el Marsella, al menos durante el tiempo en que fui parroquiano, tenía la fortuna de estar defendido por las señoras del carrer Robador, Espalter, Sant Ramón y Sant Pau, y por la vecindad de aquel solar pestilente que hoy ocupa la Filmoteca de Catalunya. Todos estos activos trabajaban entonces como filtro para ahuyentar a los turistas de moral escrupulosa. Los demás, los que no se amedrentaban, jugaban de nuestra parte. Del resto se ocupaba la absenta, y lo hacía bien.

En unos días el Marsella echará el cierre. Otra historia de la crisis. Uno lee estas noticias en la prensa y se vuelve súbitamente más viejo. Ocurre, creo, por una especia de juego de geografías. La ciudad es un tejido complejo, tramado en sucesivas capas. En una de ellas, la más cabrona, se producen desahucios, se derriban edificios y el Marsella está a punto de cerrar por una situación abusiva en la negociación del alquiler. Pero hay más, siempre hay más. Hay, de hecho, cierto estrato en el que algunos establecimientos nunca cierran y emergen en esas voces que dicen cosas como “aquí hubo un cine”. Cuando el Marsella cierre, como de un plumazo, en el primer mapa un continente desaparecerá sepultado por las aguas. En el otro, en el mapa trazado de biografías, seguirá existiendo por un tiempo un espacio en el cruce del carrer Sant Ramón y Sant Pau en el que se invita a no estacionarse en las mesas y se prohibe cantar. Las botellas seguirán mugrientas y los techos descascarillados y se tomará absenta. ¿Es suficiente con esto? No. Esto no es más que roña y migajas, así que a la mierda.

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Twitter#barMarsella
#SalvemElMarsella

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