Halloween y una añoranza de José Guadalupe Posada

Grabado, Calaveras del montón, José Guadalupe Posada, CalaveraEl pasado 20 de enero se cumplía el centenario del fallecimiento de José Guadalupe Posada. Podríamos haber preparado un artículo de la serie Ilustres salvajes en su día. No lo hicimos. Bien mirado al muerto le dio igual, y a nosotros tanto nos vale cien años que el siglo y unos días.

El caso es que hoy, víspera de muertos, me vuelve a la mente don José Posada que, después de los grabadores anónimos de los Totentanz, y después de los Wolgemut, Marchant, Holbein y demás, fue el mayor contribuyente a esa antigua tradición de la iconografía macabra. La Gran calavera eléctrica, la Calavera oaxaqueña, la célebre Catrina de la que Diego Rivera se autoproclamara hijo, tienen un viejo parentesco con aquellos esqueletos danzantes que al final de la Edad Media ilustraron las Danzas macabras. A cinco siglos de distancia la muerte, y su democracia descarnada, sigue siendo el motor de representación y el pie para una sociología. Pauperis et regis communis lex moriendi: muere el campesino, muere el burgués, muere el caballero y hasta el Papa; o también: muere el indígena engañado del porfiriato, muere el revolucionario con aliento de pólvora, y muere hasta el caudillo y su afán presidencial.

Posada, no obstante, ha introducido en el género una magnífica novedad de su cosecha. Los dos polos del juego narrativo han quedado reducidos a uno sólo, y ya no hay más una muerte que en su júbilo arrastre a un muriente desolado. La muerte somos nosotros, parece querer decirnos don Lupe. O, de otro modo: la muerte que somos nosotros es lo risible de nuestra vanidad. A aquella pregunta del Evangelio —”Oh, muerte, ¿dónde está tu victoria?¿Dónde, oh muerte, está tu aguijón?”—, las calaveras de Posada responden: en la risa.

Esta noche la fiesta del Halloween quedará una vez más refrendada. Me pregunto si entre tanto esqueleto que danzará por ahí, alguien aprovechará el impulso carnavalesco para vestirse de su propia mortaja, de la de todos, y partirse de la risa. Se puede apostar por el no, lo cual quiere decir que aún tenemos pendiente hacernos cargo de una imagen propia de la muerte. Aún nos hace falta algún que otro Posada.

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